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Vítor, en honor de San Pedro Bautista

Declarado de Interés Turístico Regional en 1991, rememora el martirio del Santo, en Nagasaki (Japón), el 5 de febrero de 1597, nacido en la localidad abulense de San Esteban del Valle.

La localidad abulense de San Esteban del Valle, muy ligada a Talavera de la Reina, ha celebrado sus fiestas en honor de su Santo Pedro Bautista, nacido en este pueblo barranqueño de las Cinco Villas. Han sido cinco apretados días, repletos de actos, con gran disfrute de sus habitantes y vecinos llegados de fuera para honrar a su paisano, martirizado en Nagasaki (Japón).

San Pedro Bautista murió alanceado el 5 de febrero de 1597, junto a otros cinco frailes más de la Orden Franciscana y 20 cristianos japoneses -entre ellos, dos niños de 12 y 13 años-, en la localidad mencionada de Nagasaki, bajo el mandato del emperador Taikosama.

Como cada año, el momento culmen de las fiestas de julio y de febrero lo conforman la celebración de El Vítor, acto en el que se rememora su vida y los vecinos exaltan en décimas y canciones las proezas cristianas que el Santo logró por todos los lugares que visitó, desde México al país nipón. Esta singular procesión fue declarada de Interés Turístico Regional en 1991. Se remonta al año 1601, fecha en la que llegó a la localidad Fray Pobre ensalzando la figura de San Pedro Bautista en Nagasaki y Manila.

Cuenta la tradición que, fue tal manifestación de júbilo la que mostraron los vecinos al escuchar las cosas que se decían de su paisano mártir en Japón, que todos se echaron a la calle cantando en su honor. De ahí arranca esta celebración que tiene ya más de cuatro siglos de historia. Fray Juan Pobre nos dejó como legado el crucifijo de marfil que Pedro Bautista llevó consigo en toda su evangelización. Desde entonces, el Vítor cada vez ha tenido mayor auge y el pueblo a esas horas de la noche se transforma totalmente.

Como cada 7 de julio, comenzó a las 22 horas, al anochecer, tras una jornada de fuerte calor. La salida de la imagen de la Capilla, construida sobre la misma casa en la que nació Pedro Bautista, fue emocionante, de una belleza extraordinaria.

Luminarias con olor a tea quemada

Las luminarias ardiendo, lanzando el humo hacia el cielo, daban un olor a tea quemada, que nos trasladaba al pasado, cuando el progreso aún no había llegado a nuestros pueblos, y el candil de aceite y de carburo era el único sistema de iluminación. Carolina González, mayordoma este año junto con su hermano Ricardo González, ataviada con un pañuelo rojo en la frente con la imagen del Santo, entregó el estandarte a Enrique Gómez Dégano, montado en un caballo blanco. Enrique tomó el testigo hace 30 maños de la mano de su padre Enrique Adelfo Gómez, tras otros 25 años recitando las preciosas y emocionantes décimas que se emiten durante el recorrido por todo el pueblo sobre la vida del Santo. La mayordoma dio un sentido de solemnidad en la entrega de la imagen que, personalmente, me emocionó. La plaza estaba repleta de gente, la mayoría ataviados con pañuelos rojos a la cabeza. Innumerables flases salían de los móviles de los asistentes que querían plasmar uno de los momentos más emotivos de la cabalgata que estaba a punto de iniciarse.

Los caballos nerviosos golpean sus herraduras

Veo a algunos padres con sus niños pequeños subidos a hombros. El grupo de jóvenes que portarán las antorchas por todas las calles están preparados. Los caballistas montados en sus caballos, todos perfectamente engalanados para el acto. El grupo de la gaitilla espera para acompañar el recorrido con su música de dulzaina. Algunos de los equinos están muy nerviosos por la muchedumbre que se agolpa junto a la Capilla y el retumbar de los cohetes que anuncian que la cabalgata está a punto de salir Inquietos, golpean con sus herraduras las piedras del suelo. En el golpeteo, saltan chispas, mueven la cola con fuerza, no pueden estar calmados y chocan unos contra otros, relinchan… Es un momento solemne. De pronto, todo el mundo se queda en silencio y Enrique lanza con su potente voz la primera de las décimas que declamará en el recorrido que se alargará hasta la medianoche.

La fuerza que pone en cada palabra, cada frase que transmite, y la entonación que da, provocan en la gente una emoción enorme. ¡Vítooorrrr! Los primeros vítores salen de entre la muchedumbre que llena la plaza del Santo. Este año, por caer en domingo, la localidad de San Esteban del Valle estaba repleta de gentes venidas de todos los pueblos próximos para asistir a tan insigne acto.

De pronto, se oye a un niño que repite: ¡Vítooorrrr! La abuela mira sorprendida a su nieto por ése viva que, de forma espontánea, acaba de salir de su garganta. El niño, ataviado con un pañuelo rojo en su frente, porta un pequeño estandarte con la imagen de San Pedro Bautista.

Un gran gentío por todas las calles

No cabe un alfiler en los inicios del recorrido. Los vecinos de las casas por donde transcurre la comitiva contemplan alegres el precioso colorido que dan los pañuelos de las personas, mezclados con las antorchas que transportan los jóvenes que van delante del Vítor. Todo el pueblo, mayores, jóvenes y niños cantan al unísono las canciones que emulan el martirio sufrido por el Santo en una de las colinas de Nagasaki.

Con la noche ya completamente cerrada, la comitiva llega a Cuatro Caminos. Dos luminarias arden. Están colocadas junto a la estatua erigida en honor de Pedro Bautista. Enrique declama una nueva décima y nuevos vítores salen de las gargantas de los vecinos y nuevos glorias se lanzan al cielo.

El siguiente momento expectante para la muchedumbre se produce con la carrera que cada año se celebra entre los caballistas que acompañan al Vítor. Este año se registró una pequeña caída que no tuvo incidencia. El recorrido transcurre por la calle más empinada de la localidad, que acaba en la Iglesia. El único premio establecido es ver quién llega el primero a través del estrecho pasillo que, a veces dejan, los lugareños y, donde los caballos deben clavar bien sus herraduras para elevarse sobre el cemento tras dar rienda suelta el jinete a su corcel.

La puja por clavar el Vítor

El final del Vítor concluye con el remate del estandarte en casa de los mayordomos. La subasta por clavar el Vítor el pasado día 7 ascendió a 350 euros. Carmen, abuela de Carolina González y Ricardo, fue quien pujó más y vio cumplida su promesa. Ha habido años en los cuales se han superado incluso los 1.000 euros.

Fue una noche preciosa en la que todos los forasteros y vecinos disfrutamos de este pueblo enclavado en la zona barranqueña de las Cinco Villas, en plena ladera de Gredos. Desde estas líneas, doy la enhorabuena a los mayordomos salientes y los mejores deseos para la nueva mayordomía formada por Purificación González y su hija Lidia Gómez. El acto de entrega del testigo fue realmente emotivo por las entrañables palabras que la nieta tuvo para su abuelo Enrique Adelfo Gómez (fallecido), la persona que, durante 25 años, enarboló El Vítor.

El resto de los actos organizados por la Corporación que rige la alcaldesa Almudena García Drake se han prestado para el disfrute de todos. El chupinazo, el día 6, desde el balcón del Ayuntamiento, dio rienda suelta a las peñas. No faltaron los encierros, las vaquillas para los jóvenes, y las dos novilladas con toros de la dehesa de Vahondillo. Se cantaron, como cabía esperar, las famosas toreras, una tradición que no debería desaparecer nunca de este pueblo. Con la famosa caldereta de las vaquillas, el día 10 se puso punto y final a cinco días de algarabía.

Texto: Julián González Menéndez
Fotos: Chema Mancebo 

 

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